Llevo unos días pensando en el
post de Martin Pawley sobre esas cofradías de mariscadores que han aceptado las tesis del Gobierno sobre la marea negra del
Prestige y que renuncian a sus conciencias por no sé que motivos.
No voy a ser tan vitriólico como Pawley, ni voy a mostrar mi vergüenza, mi rabia y mis tripas. Mejor me voy al Caribe, oigan. Porque todo esto me recuerda al doctor Juvenal Urbino, con su traje de lino blanco, la leontina surcándole el vientre y los espejuelos eruditos de montura de oro. Más exactamente, me recuerda a una crisis que sufrió el matrimonio del buen doctor, y que acabó más o menos como el incidente que nos preocupa.
Sucedió que, una mañana después del aseo, el doctor despertó a su mujer con un comentario medio para sí, medio para la batalla: “hace como una semana que me estoy duchando sin jabón". Su mujer, arrancada del sueño por semejante insolencia, y en el momento del día que más odiaba, montó en cólera. Sabía que no había jabón en el cuarto de baño, pero desde hacía tres días solamente. Lo de su marido no era más que una provocación para herirla, y ya estaba harta. Le gritó que desde luego que había jabón y tuvieron una bronca tan morrocotuda que estuvieron meses sin dormir bajo el mismo techo, y si alguna vez coincidían en la casa, procuraban evitarse. Todos temían por el futuro del matrimonio. La cosa estaba bien enconada, él prometía reconciliación a cambio de una confesión de su mujer y ella decía que no habría perdón si él no admitía que había mentido para hacerle daño. Figúrense.
Una noche, el doctor Juvenal Urbino entró en el dormitorio conyugal mientras su mujer estaba en el baño. Aprovechando la ausencia, el doctor se tendió un ratito sobre la cama que tanto añoraba y cerró los ojos. Cuando su mujer regresó, lo encontró dormido. Hizo todo el ruido involuntario que pudo para espantarlo, pero fue en vano. Entonces, se puso a sacudirlo con urgencia y le pidió que hiciese el favor de marcharse de inmediato. Él, entre sueños y sin abrir los ojos dijo: “déjame aquí; sí había jabón”. No volvieron a hablar del asunto.
Pues eso, ahora jueguen ustedes solos a las alegorías entre esta rendición y la claudicación de las cofradías. A mi ya me da asco.
Por cierto, no se conformen con esta versionzuela de la pelea del doctor y su mujer, vayan a las fuentes:
El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, ya verán.
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