Durante algún tiempo, Mary Poppins protagonizó mis fantasías más sórdidas. Me atormentaban las habilidades que le suponía a aquella mujer, capaz de sacar del bolso el artilugio más insospechado. Si supieran ustedes lo que habría dado por oír a la señorita Poppins riéndose y arrancándome la camisa, por verla mordiéndose los labios y lamiéndome los dedos. A menudo me la imaginaba sodomizada, corriéndose y cantando, casi en un susurro: "con un poco de azúcar/esa píldora que os dan/la píldora que os dan/pasará mejor".
Hoy recordaba todo esto mientras me proponía escribir algo para el aniversario de la catástrofe del Prestige. La asociación de ideas puede parecer un poco retorcida, pero reparen en la gran enseñanza que esconde la canción de mi entonces deseada institutriz. No importa el descaro de la mentira, lo inmundo de la afrenta o lo humillante del chantaje: quien sepa poner un poco de azúcar encontrará siempre un ingenuo, un pusilánime o un cobarde (respectivamente) dispuesto a tragarse la píldora.
Desde las últimas elecciones municipales y desde que me enteré de algunas rendiciones de las que ya he
hablado, la dulce fantasía de Mary Poppins ha dado paso a las pesadillas más atroces. En ellas veo a un señor de corbata que mete mareas negras en una chistera y las hace desaparecer. Un tipo repugnante que se ríe mientras me rasgo las vestiduras y que se relame y se chupa los dedos mientras planea el triunfal mitin que dará en la próxima festa do marisco. Un alto funcionario chapucero que me sodomiza y que, en el momento de correrse, casi sin resuello, se pone a cantar: "con un poco de azúcar...".
Pues eso, que gracias a un poco de azúcar, yo me tragué la píldora de un pueblo, el mío, que al final se dio la espalda a sí mismo.
Actualización: me permito puntualizar que una cosa no quita
la otra. Espero que entre todos hagamos que nuestros
caciques favoritos no puedan volver a traernos
Nunca Máis otro
primer aniversario de nada. Se lo crean o no, está en nuestras manos.
¶